miércoles, 10 de agosto de 2016

Lo que no dije

Ya en nuestra primera cita me había preguntado por mi colgante.
—Un recuerdo —le dije, para evitar explicaciones. Deseaba mantener esta relación.
De haber sido sincero, la cosa no habría terminado así.
Apenas llegamos al mes.
Tras la discusión acalorada de anoche, ella, con el afán de agredirme, me arrancó el collar, despegando de mi pecho el medallón que impedía mi transformación.
Ahora mi cuarto está regado de sangre, vísceras y extremidades de mi novia. 
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Este microrrelato nació gracias a la invitación de Luciana Baca de participar en LoQueNoDije, sección de su página de facebook Perro Gris.
¡Gracias, Lu!

jueves, 9 de junio de 2016

Un hombre solitario


Con su habitual andar parsimonioso, llegó hasta un banco de la plaza y se sentó allí a disfrutar de la tarde soleada. Sacó del bolsillo de su saco a cuadros marrones un pan seco, el cual fue arrojando a trozos en el pasto para darle de comer a las palomas, que no tardaron en posarse ante él en busca de las migajas.
    Así pasaba los días ahora. Ya estaba viejo y era un hombre solitario que había dejado atrás todas sus costumbres lozanas. Darles comida a las aves le hacía sentir bien. Encontraba en ello una satisfacción que resultaba incomprensible, incluso para él mismo. Solía quedarse ahí un par de horas y después retomaba su vuelta al hogar. Era una rutina a la que le había tomado el gusto.
El viento alborotó su cabello y arremolinó las hojas caídas, apenas alterando a los plumíferos. Un papel danzó en el aire y fue a parar de lleno en el pecho del hombre, quien, por reflejo, se llevó la mano al torso para atraparlo. Estaba a punto de hacer un bollo con él cuando se percató de que tenía algo escrito.
Se trataba de una receta de cocina copiada a mano con lápiz negro, con letra elegante, delicada: «letra de mujer», se dijo.
El anciano frunció el entrecejo y soltó un bufido que pretendió ser una risa, pero se puso serio al instante. Levantó la cabeza y echó una ojeada a su alrededor en busca de alguien que pudiera haberle lanzado ese apunte con la intención de jugarle una broma, pero, a simple vista, solo había dos mujeres (una de ellas con un bebé en su cochecito) a pocos metros de él muy concentradas en su conversación, y ambas lo ignoraban por completo. Bajó la mirada y leyó detenidamente:

Para el seso:
1 cerebro entero.
2 cucharadas de vinagre, o jugo de 1 limón.
1 hoja de laurel.
1 ramita de tomillo.
Granos de pimienta.
1 cdta. de sal.
Primero se pone en un recipiente abundante agua fría y se sumerge el seso allí durante media hora.
Luego se le quita la película o telilla que lo cubre, con cuidado, se enjuaga bien y recién entonces estaría listo para cocinar.
Ponerlo con todos los ingredientes en una cacerola con agua.
Llevar a fuego suave hasta que el agua llegue a punto de hervor, luego dejarlo cocinar durante 10 minutos más. Si los sesos fuesen pequeños, se debe emplear la mitad de tiempo en su cocción.
Es conveniente dejarlo en la misma agua si el seso no se va a utilizar enseguida, de lo contrario se retira y se deja enfriar un rato antes de la elaboración del plato.
Los sesos más empleados en la cocina son los de bebés (estos son ideales para saltearlos en una sartén con ajo, perejil, aceite de oliva, sal a gusto, y mucho limón), niños y adolescentes.

En caso de preservar la cabeza del infante:
 1 cabeza.
2 cabezas de ajo.
Hierbas a gusto.
Sal a gusto.
En primer lugar, afeita el cráneo y las cejas.
Si tiene dientes, quítalos con una pinza o tenaza.
Enjuaga bien la cabeza en agua helada para retirar los restos de sangre y pelos.
Frotamos la cabeza con el ajo y las hierbas. Rellenamos con ellos la boca y los orificios de las orejas. Dejamos reposar por tres días en la heladera.
Si lo deseas, puedes separar la lengua para prepararla al escabeche o a la vinagreta.
Hervimos agua en una cacerola. Agregamos la extremidad.
La dejamos cocinar por 5 horas a fuego lento.
Retiramos y dejamos enfriar.
La mojamos con mucho jugo de limón, o de naranja, y la metemos al horno por 45 minutos a 180 grados, hasta que la piel esté crujiente.

El hombre no podía creer lo que estaba leyendo, sonrió y quitó la vista del papel. Volvió a mirar en torno a él: por la esquina cruzaba un paseador de perros con ocho canes sujetos al cinturón. Un grupo de jóvenes andaban en patineta en dirección a las pistas de skate que había a dos cuadras de allí. Observó nuevamente a las mujeres en las que había reparado antes. Una de ellas rebuscaba en los bolsillos de su pantalón mientras oteaba el piso. La otra, la que sostenía el cochecito, le hablaba con gesto adusto. La que buscaba con impaciencia se palmeó los muslos con vehemencia, se llevó una mano a la cintura y la otra a la frente. Parecía indignada. Entonces, su visión se topó con la del viejo. Este dio un respingo. Arrugó la hoja y se la metió en el bolsillo. Tragó saliva. Se hizo el desentendido. Su mente era un torbellino de ideas locas y deducciones absurdas. Tiró un poco más de migas a los pájaros, se levantó y se fue.
Una vez que estuvo en su domicilio encendió el televisor y se sentó a la mesa. Sacó la hoja con la receta y la estiró para leerla otra vez. Respiró profundo, negó con la cabeza, chasqueó la lengua, se puso de pie y arrojó el papel al cesto de basura. Se dirigió a la heladera, abrió la puerta del freezer, metió la mano entre los restos congelados de carne humana (dedos, orejas, lonjas de glúteos cortadas para milanesa, penes, testículos), y sacó del fondo el cadáver de un bebé. Lo colocó en la bacha de la mesada y abrió la canilla para dejar correr el agua sobre él. Cerró el grifo, puso el cuerpo sobre la tabla de madera que sacó del bajomesada y con una cuchilla que extrajo del primer cajón le cortó la cabeza de un golpe.

El hombre preparó la comida con la certeza de que no estaba tan solo como él suponía.  Y por primera vez en su vida, tendría la oportunidad de poder invitar a alguien a cenar sin temor a que su invitado terminara como plato principal.

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     Este relato nació de un ejercicio que se realizó en El Edén De Los Novelistas Brutos., página de Facebook administrada por Raúl Omar GarcíaPepe MartinezCarmen Gutierrez, Robe ferrer y Juan Esteban Bassagaisteguy destinada a la divulgación de relatos de aquellos que desean contar historias con el fin de entretener, aprender y pasar un grato momento de lectura y donde todos los sábados se publica un cuento (la mayoría de ellos referentes al género del terror) de los llamados «Fieles Lectores» —ahora devenidos en «Brutos Escritores»— que forman parte de esta humilde plataforma  literaria.
     En esta oportunidad había que elaborar un relato en el cual se incluya una receta de cocina cuya base sea la carne humana y/o la preparación de un humano para alimento.

miércoles, 18 de mayo de 2016

Bahía del silencio


Un cuento de Raúl Omar García
Bajo el seudónimo de
Miriam Blass


Es increíble cómo actúa el cerebro en ciertas circunstancias. El nombre Lia no me decía nada hasta que soltó el apellido y de pronto la imagen de su rostro se me presentó de inmediato.
Cuando sonó el teléfono, qué sorpresa la mía al enterarme de que la que estaba del otro lado de la línea era una antigua amiga del secundario con la que había tenido una estrecha amistad.
Se había ido a vivir a Italia a finales del 97 —por ese entonces ya éramos egresadas de quinto año— y no había vuelto a saber de ella desde entonces.
Que cómo estás tanto tiempo, cuándo fue que llegaste, que si estás casada, y todas esas preguntas típicas se dieron antes de quedar en vernos. El asunto era que ella quiso encontrarse conmigo esa misma noche.
Aunque era viernes, yo estaba cansada y no me apetecía salir. Me acababa de bañar y pretendía irme a dormir. Para colmo, no tenía un mango, y al otro día me había comprometido a cuidar a la hija de mi hermana, y esa nenita era un dolor de ovarios, pero, ¿cómo le decía que no?
—Sí, seguro. ¿A qué hora y dónde nos encontramos? —le dije, por puro compromiso.
—Bueno, yo estoy fuera de onda, así que, pásame la dirección de tu casa y te iré a buscar con el auto. Tú eliges el lugar.
Con el auto, me dijo; y yo ni con una moneda para el colectivo. Me obligaba a romper el chanchito para no quedar como una rata.
Me acuerdo que agarré lo primero que encontré en el ropero y me lo puse. Luego, busqué entre las páginas de un libro la plata que guardaba para pagar la tarjeta de crédito antes de que me la bloquearan (demás está decir que no aboné y me la inhabilitaron) y me fui a peinar.
—Péinate que viene gente — expresé. Esa frase me decía mi abuela y se me pegó de por vida. Cada vez que agarro un peine la cito como si se tratase de una máxima.
Al oir el timbre, ya estaba lista.
Me costó identificar a la mujer que estaba en la entrada de mi casa como Lia Alejandra Briega. La Lia que yo recordaba era una joven torpe y regordeta, blanca como la leche, con carita redonda y gesto bonachón. En cambio, esta que se encontraba parada frente a mí era una hembra delgada, con la piel tostada por tanta cama solar y una cara de puta impresionante.
—¿Lia? —pregunté, algo confundida.
—¡Cintia! —gritó ella, y se me lanzó encima, dándome un fuerte abrazo—. ¡Por Dios, estás igual!
—Ja, ja, ja. Tú también. —¿Qué iba a decir?
En fin, nos reconocimos, y admito que hubo algo de emoción. Al fin y al cabo, fue mi amiga. Millones de imágenes se agolparon en mi cabeza y el rememorarlas trajo mucha añoranza.
Y así fue toda la velada.
Terminamos en un bar llamado Open, en el cual bebimos cerveza y platicamos del pasado. Nos reímos mucho. Me di cuenta de que algunas cosas se me habían borrado de la memoria, porque de verdad que no me acordaba de ellas. La edad no viene sola. Otra de las frases de mi abuela. Hacia las tres de la mañana habíamos pedido un clericó de vino blanco. Lia llenó los vasos por última vez y levantó el suyo para hacer un brindis.
—Por habernos reencontrado —pronunció, y chocamos los vidrios. Supongo que se olvidó de que habíamos puesto sorbetes en los vasos, porque en lugar de beber por aquel se llevó el vaso a los labios y se clavó la pajita en el ojo izquierdo.
Estallé.
La bebida que estaba ingiriendo me salió disparada por la boca y de las fosas nasales. Hasta juraría que me salían pedazos de fruta por las orejas. Me ahogué y comencé a toser y a reír al mismo tiempo. Un combo espantoso, si los hay. A eso se le sumó una meadita. Ja, ja, ja. Las mujeres no podemos contener las ganas de orinar como lo hacen los hombres.
Parecíamos dos estúpidas, pero la estabamos pasando en grande.
Al salir de allí me propuso ir a bailar, pero le expliqué lo de la hija de mi hermana (me negaba a llamar sobrina a esa borrega), y por suerte entendió, así que se ofreció a acercarme a casa. En auto. Y, obviamente, acepté.
Acá es donde todo se fue a la mierda, literalmente. Porque Lia estacionó frente a mi casa —eran como las cinco y media de la mañana— al mismo tiempo en que mi vecina, doña Carmen, salía a barrer la vereda (vieja de mierda y la puta que la parió, ¿por qué carajo no dormía?), y cuando abro la puerta del acompañante para bajar del coche, me vuelvo para despedirme y mi amiga me come la boca de un beso.
Me quedé paralizada, saboreando los labios carnosos de Lia. Fui abriendo la boca, como posesa, y di lugar a que su lengua encontrara la mía y la enrollara como una boa a su presa. Me transó de manera caliente y apasionada y accedí a su lujuria. Hasta que reaccioné y la alejé de un empujón.
—Cintia, lo siento —susurró. Yo me limpié los labios con el dorso de mi mano y, sin responderle, me bajé del auto.
Apenas miré de soslayo a doña Carmen, con la escoba en la mano y la jeta desencajada a causa de la escena que acababa de presenciar, pero advertí que se persignó.
Entré a mi casa como una tromba y di un portazo al cerrar. Me fui al baño y me tironeé del pelo al mirarme en el espejo. Abrí la canilla de la ducha y dejé correr el agua mientras me desnudaba.
Me sentía sucia.
Me duché, y bajo el agua caliente me masturbé, acto que hizo que me sintiera más sucia.
Me metí en la cama y encendí el televisor. Enganché una película casi terminada, y vi el final comiéndome un Mantecol. Cuando comenzaron los títulos, un rectángulo apareció en la parte inferior derecha de la pantalla, anunciando que la programación continuaba con «Secreto en la montaña». Se me revolvió el estómago, escupí la pasta de maní que estaba masticando y apagué la tele.
A dormir.
Al mediodía me despertó el timbre de casa. Era mi hermana con la nena. Me había quedado dormida. Las recibí con mi mejor sonrisa y le alboroté el cabello a la niña, demostrando ternura, pero sabía que eso le molestaba a la guachita.
—Me llamas si hace falta, ¿sí? —dijo mi hermana.
Tú, tranquila; yo, nerviosa —le respondí—. Sonia y yo sabremos entretenernos —a la niña—: ¿verdad?
—¡La tía es la mejor! —Mentirosa desvergonzada…
—Bueno, entonces me voy. Chau, hija, te amo —se despidió—. Gracias, Cin.
—De nada, chau.
Ni bien cerré la puerta, la pibita se me paró delante, cortándome el paso, y dijo:
—Mami dice que eres pobre, por eso deja que me cuides, para que te ganes el pan.
—Podría estrangularte con una sola mano, así que no me rompas las pelotas, y ve a jugar a la play. Y no me dirijas la palabra hasta que llegue tu madre o juro que te haré tragar el joystick y lo sacaré por el lugar que todavía no te aprendes a limpiar bien.
Estaba irritada, y quería que le quedara claro. Por la cara que puso, supongo que me entendió, porque no me habló durante las tres horas que estuvo allí. Cuando por fin retornó mi hermana y se llevó a la pequeña demonio, salí a comprar pan con la plata que me había dejado por hacerle de niñera. Ja, la pendeja tenía razón.
Cuando volví, maldije por dentro al ver a doña Carmen en la puerta de su casa. Hice un rápido ademán con la cabeza a modo de saludo, y ella me devolvió el gesto con un enérgico movimiento de mano y con una inmensa sonrisa. Me sorprendió su actitud después de que fuera testigo del vergonzoso episodio nocturno, así que también le sonreí. Entonces, la mujer se pasó la lengua por los labios, humedeciendo primero el de arriba, después el de abajo. Pestañeé dos veces, incrédula, y mi vecina se mordió el labio inferior al tiempo que acariciaba su escote desnudo.
—Oh, por Dios —balbuceé, y detrás de ella apareció su esposo.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó el hombre, azorado.
—¿Qué? Nada. —Se hizo la desentendida, la doña.
—Entra a la casa, quieres —ordenó el señor.
—Ya voy, ya voy —contestó, cocorita, la vieja pervertida.
No quise ver más y me fui adentro. Esto era demasiado para mí. Colgué la llave en el ganchito de la pared y dejé la bolsa con pan en la mesa.
Justo en ese momento sonó el teléfono.
—Hola —dije.
Era ella, como esperaba.
***
Lo que me llevó a evocar aquel día fue un mensaje de correo electrónico que recibí ayer, donde Sonia me pedía un consejo.
Estuve casada con Lia durante veinticinco años y fui la mujer más feliz del mundo. Aunque falleció el año pasado, aún la extraño.
Ahora, respondiendo el mail desde mi hogar cercano a las arenas de Bay of Silence de Sestri Levante, una de las últimas localidades situadas en las costas meridionales del golfo de Tigullio, en Italia, le sugiero a mi sobrina que deje de derrochar dinero en psicólogos y que lo ahorre para venir a visitarme. Le escribo que me pondría muy contenta tenerla aquí, que no tengo con quién pelear. Y le comento que su «novia» es también bienvenida.
Estaba segura de haber odiado a esa pendeja…
…pero es increíble cómo actúa el cerebro en ciertas circunstancias.
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  Esta historia la hice para «Versus 3», un Mundial de Relatos que se realizó en El Edén De Los Novelistas Brutos., página de Facebook administrada por Raúl Omar GarcíaCarmen GutierrezPepe MartinezRobe Ferrer Juan Esteban Bassagaisteguy destinada a la divulgación de relatos de aquellos que desean contar historias con el fin de entretener, aprender y pasar un grato momento de lectura y donde todos los sábados se publica un cuento (la mayoría de ellos referentes al género del terror) de los llamados «Fieles Lectores»—ahora devenidos en «Brutos Escritores»— que forman parte de esta humilde plataforma literaria. Con este cuento participé en la cuarta ronda de eliminación, la final. La consigna: escribir una comedia romántica donde la relación amorosa sea entre dos mujeres.
    Con esta historia gané el mundial y recibí el siguiente diploma:

lunes, 18 de abril de 2016

¿Dónde está Gregory Samsa?

Un cuento de Raúl Omar García
Bajo el seudónimo de
Miriam Blass


Cuando Gregory Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto.
Su primera reacción fue gritar, pero el sonido que salía de su boca (¿?) se asemejaba a algo chirriante, como el de una cigarra entonando su cántico habitual.
Observó con profundo horror su piel humana desparramada entre las sábanas, y de sus ojos saltones brotaron lágrimas. Pegó un salto hacia el piso, impulsado por sus cuartos traseros, se acercó hacia el pantalón que había dejado allí tirado y hurgó con sus patas la pistolera, en un vano intento de hacerse con su revólver.
No podía permitir que su familia lo viera transformado en aquella cosa espantosa.
Giró su cuerpo verdoso hacia la izquierda del cuarto y extendió sus alas. Las agitó hasta que levantó vuelo y se impulsó hacia la ventana, la cual destruyó al salir a través de ella.
Comenzaba a cantar el gallo cuando el ser volador surcó los cielos.

Un carruaje de la autoridad apareció en la granja de los Samsa a las pocas horas de aquel extraño episodio. La desaparición de Gregory era un misterio que el sheriff no terminaba de digerir. Los acontecimientos eran raros, inusuales. Su mujer afirmaba que ella estaba preparando el desayuno al momento en que oyó el estruendo que provocó en el ventanal destruido. El ruido la asustó, y se dirigió rápidamente en dirección al cuarto con el nombre de su marido en un grito. Pero no obtuvo respuesta alguna, y su esposo no se encontraba por ningún lado.
La mujer atribuía aquello a algo que había acontecido la noche anterior.
Mientras comían, sucedió un hecho difícil de explicar. De repente la noche se había iluminado. Un resplandor cegador alumbró la granja por completo. Seguidamente, hubo un estampido feroz. Luego, los animales se alborotaron en la cuadra. Gregory tomó su escopeta y marchó a toda prisa en busca de algún cuatrero, pero no había nadie. Lo que sí encontró fue un pozo, no muy profundo, detrás del establo, y, dentro de él, una piedra en forma de esfera, que supuraba un líquido espeso por las grietas que tenía.
Gregory la tocó con la punta de su escopeta, la cual se manchó con esa flema pegajosa y, con gesto de asco, se alejó de ella.
Ordenó a su familia que se fueran adentro, y afirmó que no había nada que ver allí afuera, a la vez que limpiaba los orificios del arma con su camiseta.
Terminaron de cenar y Greg fue el primero en ir a acostarse, cosa nada habitual en él, pero dijo que no se sentía muy bien. Y así debía ser, ya que su mujer aseguró que ya roncaba de lo lindo cuando entró a la habitación.
Después pasó lo que ya sabían.
El sheriff pidió que lo llevase al lugar donde se hallaba la piedra. Observó el objeto con respetuosa fascinación, elevó la vista al cielo y se enjugó el sudor de la frente con su pañuelo al tiempo en que pensaba en la piel que estaba en la cama.
—No quiero que nadie se acerque a esa cosa —ordenó—. Mantenga alejados a sus pequeños de este lugar, señora Samsa. ¿Entendido?
Ella asintió, y abrazó a sus dos hijos.
—Encuentre a mi marido, por favor.
El sheriff tragó saliva y volvió a secarse la transpiración del rostro, pero no respondió nada.

Una semana había transcurrido desde el asunto de Gregory Samsa, y nadie sabía de su paradero. Habían distribuido afiches por todo el condado con la imagen de su rostro y con la cifra de una recompensa para quien lo encontrase con vida.
Pero ni noticias del pobre granjero.
—Ya deberíamos darlo por muerto, jefe —sugirió el ayudante del sheriff—. Pienso que fueron los pieles rojas. Ya sabe, a esos les gusta despellejar y arrancar cueros cabelludos.
—Esto no tiene nada que ver con ellos, Pat. Y cierra esa bocaza tuya. En cuanto vea una sola flecha volando por nuestras cabezas, te haré culpable de iniciar el conflicto.
Ambos montaban sus caballos por una zona árida y montañosa cuando, de repente, un indio apareció por detrás de una elevación natural, no muy alta, de terreno rocoso. Llevaba en su mano derecha su tomahawk en alto, como lista para hachar. Pat desenfundó su arma, pero su jefe posó su manaza sobre la suya para detenerlo: el nativo sioux se había desplomado a los pies de los alazanes.
—Jefe, le falta un brazo —señaló el joven ayudante.
—Tengo ojos, Pat.
—Sería mejor que volviéramos. Si así se atacan entre ellos, no quiero imaginar lo que nos harían a nosotros.
No terminó Pat de expresar su opinión, cuando otro sioux asomó a la carrera, con su arco y su flecha en las manos y, detrás de él, una abominación alada persiguiéndole por el aire. Era un insecto del tamaño de un hombre, de un color mezcla de marrón y verde oscuro. Movía sus antenas en dirección a su presa, cerrando y abriendo las tenazas picudas de sus patas.
Los animales sobre los que el sheriff y su colaborador cabalgaban se agitaron y relincharon, obligando a sus jinetes a bajarse de sus lomos, y se marcharon a todo galope del lugar.
Pat, con sus colts desenfundados, y su jefe, con su carabina presta para la acción, fueron testigos del instante en que el indio se dejaba caer de espaldas, boca arriba, para que el insecto gigante lo rebasara, ocasión que aprovechó para lanzarle un flechazo en medio del vientre antes de aterrizar en la polvorienta superficie. La sangre del ser salpicó al sioux, quien retrocedió a rastras en el suelo, gritando, mientras su dermis se desprendía de su cuerpo, dejando solo músculos a la vista. El piel roja se desgañitaba de dolor, y calló cuando todo su cuerpo se recubrió por una envoltura de seda transparente, mutando a una especie de capullo. La criatura herida posó sus patas en la tierra seca y se arrancó la flecha con una de sus pinzas. Entonces, advirtió la presencia de los representantes de la ley.
—Jefe...
—¿Qué quieres, Pat?
—Si salimos vivos de esta, ¿qué es lo que diremos?
El sheriff lo miró de soslayo y, en una ráfaga de pensamientos que cruzaron su cabeza sobre piedras caídas del cielo, piel muerta, granjeros que se esfumaban sin explicación y capullos gigantes —cual si la respuesta le hubiera caído como un rayo—, dijo:
—Bueno, pues, que por fin hallamos a Gregory Samsa.
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  Esta historia la hice para «Versus 3», un Mundial de Relatos que se realizó en El Edén De Los Novelistas Brutos., página de Facebook administrada por Raúl Omar GarcíaCarmen GutierrezPepe MartinezRobe Ferrer Juan Esteban Bassagaisteguy destinada a la divulgación de relatos de aquellos que desean contar historias con el fin de entretener, aprender y pasar un grato momento de lectura y donde todos los sábados se publica un cuento (la mayoría de ellos referentes al género del terror) de los llamados «Fieles Lectores»—ahora devenidos en «Brutos Escritores»— que forman parte de esta humilde plataforma literaria. Con este cuento participé en la tercera ronda de eliminación. La consigna: escribir un relato que inicie con este pasaje: «Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto».

sábado, 19 de marzo de 2016

Cuarenta minutos

Escrito junto  con Ángela Piñar


Las manos de aquel cabrón acabaron siendo de gran utilidad al fin y al cabo.  En la actualidad, una de ellas me sirve de perchero; es en esa garra crispada y ennegrecida donde cuelgo el abrigo cuando llego a casa. La otra, con la palma extendida hacia arriba, y formando un cuenco, la utilizo como cenicero. Su cuerpo sin manos reposa sentado para siempre en mi mejor sillón «orejero». La cabeza… A dónde fue a parar su cabeza, o lo que hice con ella, lo explicaré más adelante.
Antes de iniciar este relato déjenme que les hable del odio, ese sentimiento destructor que nos quema poco a poco. La primera dentellada la da por dentro, desde el estómago, y ese mordisco nos deja sin aliento. Con el paso de los días es peor, ya que se revuelve como un feto en gestación. Ese futuro hijo a veces nos clava las uñas y la sangre de la herida nos sube hasta el cielo de la boca, agria y amarga. Y ese engendro se va haciendo más grande y más fuerte, y al final se convierte en una bestia ingobernable.
Lo teníamos todo planeado: a mi odio y a mí me refiero. Yo ponía la rabia y el dolor y él proveía la frialdad. Mi odio me decía que estas cosas hay que concebirlas saliéndose del cuerpo, para no meter la pata. «Piensa que es solo un trabajo, que no tiene nada que ver contigo», me decía la bestia, mirándome del otro lado del espejo. Por aquel entonces mi sonrisa se había vuelto lobuna. Casi no reconocía a ese tipo que me hablaba en la imagen que me ofrecía el cristal.
En otro tiempo el reflejo era diferente. El sujeto que se lavaba los dientes y escupía en el lavatorio era un hombre tranquilo. No muy alto, no muy ancho, no muy guapo.
En esa época ella se abrazaba a mi espalda y, enterrando su naricilla en mi cuello, me susurraba al oído: «Me gusta mirarte cuando te afeitas, me traes a la memoria a mi padre, y a mí cuando era una niña». Yo sonreía entre un mar de crema blanca y le mojaba la punta de la nariz con espuma de afeitar. Ella era mi vida. Al igual que yo, tampoco era alta, ni ancha, simplemente era la mujer más bonita del mundo.
Ahora ya no habla. Cuando él la atacó ella no pudo superarlo y su mente levantó un castillo alrededor suyo. Una fortaleza de grandes muros, inexpugnable, donde no puede entrar nadie. Sin más, ya no está. Cuando voy a verla abrazo su cuerpo delgado, beso su cara inexpresiva, busco su mirada con ansia, tratando de crear un contacto visual entre nosotros. «Soy yo, mi amor», le digo, y la beso en la boca con toda la dulzura que mi amor puede dar. Pero sus labios están secos y cerrados y sus ojos están muertos. A veces siento el deseo de contarle que ese monstruo ya no existe, que ya me ocupé de  él. Decirle: «sufrió mucho, amor», pero me da miedo enloquecerla más, y callo.
Ahora estoy sentado frente al cadáver medio mutilado que aromatiza mi casa con su perfume rancio, al cual me voy acostumbrando. Le doy una última calada al cigarrillo y lo apago con rabia, chamuscando la carne seca de la palma. Trato de controlar al odio, porque me incita a continuar con la labor de cercenar. Me sugiere hacer un bastón con una de sus piernas. Propone que le realice un tajo en el vientre y que utilice sus tripas como cuerda para colgar la ropa. «Eso es un asco», le comento, y él se estremece en mi interior.
Me levanto de la silla y me sirvo un vaso de whiskey. Mantengo mi hogar en penumbras, y tengo el televisor encendido en silencio, utilizándolo como velador. Separo unos centímetros, con dos dedos, las láminas de aluminio de las persianas para observar el exterior. Por suerte la noche está tranquila. Ya pasé la etapa de nervios que me causaba estremecimientos cuando oía el sonido de la sirena de algún coche patrulla que circulara por la zona.
Hay ocasiones, como esta, en las que me vuelvo muy reflexivo. Me pregunto si tendría que entregarme a las autoridades, total, no hay nada más por hacer. Es decir, mi mujer no da señales de recuperación, y el maldito que le causó ese daño irreparable se convirtió en un proveedor de accesorios para el hogar. Y es entonces cuando el odio se esconde para dar paso a otro sentimiento, el cual considero mucho peor: el miedo. Temo ir preso. No me puedo imaginar las cosas que me podrían suceder allí encerrado entre tanta alimaña. Y ¿qué harían con mi esposa? Ni siquiera quiero imaginar eso. Pero tengo que ver la situación desde todos los ángulos.
El muerto que descansa en el sillón era un hombre importante. Leí la noticia de su desaparición en un diario; el caso lo estaba llevando adelante el inspector Víctor Vega. Debo reconocer que tal acontecimiento me hizo entrar en pánico. De un día para el otro me había convertido en noticia en todo el país; más allá de que no mencionaran mi nombre todavía. Para la prensa seguía siendo «ese loco» que se había llevado al que ahora reposaba en mi sillón de orejas.
«¿Quién fue el último en verlo? ¿No tenía una cita ese día con su sastre? Dicen que un tipo extravagante vino a buscarlo y se lo llevó del brazo. Luego nadie más supo de él».
Eso es lo que leo en los titulares. Pero con el correr de los días me he ido habituando a mi nuevo modo de vida. Y tan distendido estoy que me animo a narrarles los hechos que me llevaron a la condición en la que estoy hoy.
Ya les dije que mi esposa era una mujer muy bonita, pero no solo era bella, además era muy inteligente. Ana encontró trabajo en un bufete de abogados de una firma reconocida. Comenzó allí de secretaria para luego convertirse en la mano derecha de Marvin Mayer Júnior. Marvin, el guapo y encantador abogado, el defensor altruista, el hombre ingenioso y sensible que daba religiosamente limosna a los pobres que encontraba en la puerta de los juzgados. Marvin, mi mutilado picapleitos, que saltó a la fama cuando alguien filtró un buen montón de fotografías de niñas en braguitas, posando para la cámara en posturas que no eran propias de un infante.
No es fácil despedirse de un ídolo, de alguien a quien se admira tanto. No es fácil enterrarlo bajo una tonelada de mierda. Solo podía haberlo hecho Ana.
Los medios de comunicación lo lapidaron, su foto salió en todos los programas y en todas las revistas. El escándalo fue mayúsculo. Pero los lobos se ayudan entre ellos y el asunto pasó al olvido cuando sus contactos fueron difundiendo que todo había sido un montaje para perjudicar a la empresa.
Cuando las aguas se apaciguaron, los ojos de la fiera herida se desviaron hacia ella, su fiel servidora.
Una noche mi mujer no vino a cenar. A las dos horas unos policías llamaron a mi puerta para informarme que la habían descubierto dentro de un soportal abandonado. Me dijeron que su ropa estaba desgarrada y que la encontraron atada a una barra de acero. Me llevaron a donde la tenían internada y en el camino me informaron el resto.
—Hemos encontrado una bola de papel dentro de su boca. Es una nota.
Me la leyeron: «Porque una mano siempre sabe lo que ha hecho la otra».
—¿Entiende usted de qué va el asunto? —preguntaron.
—No —dije—, no tengo la menor idea.
Mencionaron también que estaba en estado de shock y que cuando le sacaron la bola de papel dijo:
—Cuarenta minutos.
 Y que lo repitió una y otra vez, con ira, negando con la cabeza. Estaba enajenada. Y no habló más.
En el hospital probaron todo tipo de terapias con ella, pero ninguna consiguió sacarla de su letargo.
—Su mente está protegiéndose —dijo un médico—. Ha metido ese recuerdo en un cofre de hierro y lo ha lanzado al mar. Eso está bien.
—¿Y por qué no habla? —pregunté.
—Verá, digamos que ella ahora mismo no quiere estar aquí, porque esta realidad no le gusta. No sabemos dónde se encuentra.
Lloré desconsolado entre las paredes de mi casa tal como lo haría un niño. Cuando pasó el lamento asomó la rabia, y entonces… entonces fue cuando comenzó ese hijo putrefacto a germinar en mis entrañas.
Oh, Marvin.
No me costó prepararle una trampa. Analía me había hablado de sus gustos y sus rutinas, de los locales nocturnos que frecuentaba, de sus restaurantes favoritos. Sabía incluso dónde le confeccionaban esos trajes caros que lucía con total elegancia. Cuatro veces al año Marvin acudía a una sastrería muy cara donde un hombrecillo amanerado le tomaba medidas. Cada vez que cambiaba la estación, Marvin llegaba allí conduciendo su coche caro y André lo esperaba ferviente con dos copas de champaña en una bandejita de plata. Aquella ocasión no fue así, porque el que lo aguardaba era yo. Para tal menester me teñí el pelo de rubio y me pegué un bigotito muy fino con las puntas levantadas, imitando al mismísimo Dalí. Un traje blanco, una rosa en la solapa y unas gafas de reinona hicieron el resto. Claro que antes tuve que poner a dormir al franchute con cloroformo.
Hace años que me dedico al teatro. ¡Vaya! ¿No lo conté? Cuando ocurrió el asunto de Analía yo andaba interpretando a Kowalski.
Ni bien lo vi llegar lo recibí con las palmas levantadas, la cabeza ladeada y una gran sonrisa seductora.
—¡Marvin! ¡El bello y elegante Marvin! André me ha encomendado transmitirle que desea impetuosamente tomar una copa del más exquisito licor de ambrosía a su lado, mientras le habla de esas telas maravillosas tejidas por las manos divinas de las mujeres más hermosas del mundo. Dice que hasta que lleguemos a ese restaurante maravilloso, donde unos cisnes nadan en un estanque, él les hablará a las palomas de las noches desérticas y de cómo la luna alumbra esos telares delicados. ¡Oh, pero no lo hagamos esperar! ¿Me presta su brazo musculoso?  Blanche Dubois decía que hay que fiarse siempre de la bondad de los desconocidos. ¿Conoce esa magnífica obra de Tennessee Williams? ¡Pero claro que sí! Es usted muy culto, un hombre fascinante, sin duda.
Ana me contó de los locos numeritos de ese modisto cursi, amanerado y verborrágico, que devoraba la obra de Oscar Wilde, llamado André, así que imagino que Marvin debió pensar que eso era muy propio del sastre y no dudó de la veracidad del mensajero de la rosa en la solapa, a quien consintió para que lo enlazara del brazo.
Antes de subir a su auto, me pegué a él y no me fue difícil apuntarle con un revólver de imitación.
—Ahora sí te van a tomar bien las medidas, hijo de puta —le dije, y lo obligué a seguir a pie.
Les cuento todo esto porque no quiero olvidarme de ningún detalle de esta historia. Es probable que tenga que explicársela con lujo de detalles a ese tal inspector Vega, si es que por fin viene a buscarme. Es que, por más notoriedad que haya tenido el secuestro de Júnior, hasta ahora no se sabe quién fue el que lo acusó de pederasta. Desconocen la participación de Analía en ese asunto, y, por supuesto, nadie está al tanto de lo que le sucedió cuando fue descubierta.
En fin, permítanme ahora hablarles del momento en que dejé de ser yo mismo y me convertí en el ser vacío que soy ahora. De cuando sucumbí al descuartizamiento. Tuve el extraño placer de ver cómo la carne se separa en medio de un charco de sangre oscura y me regodeó mirar a los ojos del desmembrado y encontrarme de cara al terror más profundo. Disfruté del tajo seco, del crujido, del chasquido, del rasgado. Del sonido obsceno del plasma y su chapoteo. Del grito. Del ahogo. Éxtasis total.
Pero no, no vayan a pensar que soy un salvaje. Antes de cortarle la cabeza le di la oportunidad de explicarse.
Por un instante pensé que declararía algo sobre esos cuarenta minutos que pronunció Ana antes de enmudecer, pero el hijo de puta manifestó no saber nada.
Mi cabeza dio vueltas sobre aquello. Cuarenta minutos. ¿Serían cuarenta minutos de alguna grabación que tendría escondida en alguna parte de esta lacra con alguna menor? ¿Tendría que ver con los cuarenta minutos que le llevaba el trayecto del trabajo a casa?
¿Te llevó cuarenta minutos dejar así a mi mujer? —le grité en su rostro, salpicándolo de saliva.
—No lo sé, no lo sé —lloriqueó.
Al sentirme insatisfecho con la exposición del acusado, le corté la lengua con una tijera.
Nunca imaginé que pudiera brotar tanta sangre de ese órgano muscular. Me empapé. Es que tuve que ejercer mucha presión para poder arrancarla por completo, recién en el cuarto corte.
Antes de amputarle las manos con un hacha de cocina que utilizo para trocear pollo, cité con una sonrisa:
«Porque una mano siempre sabe lo que ha hecho la otra». ¿Te referías a esto?
Di un golpe seco y fuerte en cada muñeca —la mano que uso de perchero la adherí a la pared con cemento de secado rápido—: cuando le pegué el primer hachazo, el marica se desmayó. Al concluir, como no despertaba, decidí espabilarlo con unas sonoras bofetadas. No se veía nada bien.
—Oye, Marvin, préstame atención. ¡Ey! —Bofetada—. Asiente si puedes comprenderme. —Asintió—. Esto es un Tramontina. —Exhibí ante su pálido semblante lo que tenía para él—. Con este cuchillito de sierra de hoja de acero inoxidable y mango de madera voy a rebanarte el cogote hasta arrancarte la cabeza. Voy a tardar, por ende te va a doler. Procuraré tomarme cuarenta minutos. Para que sufras un poco, ¿sí? ¿Estamos de acuerdo?
Desesperado, abrió la boca para suplicar, pero no tenía lengua y de esa gruta sanguinolenta solo brotaban alaridos. Los ojos de ese cerdo casi se le saltaban de las órbitas. «Se va a enuclear él solito», pensé. «Sus ojos saldrán disparados contra el techo». No pude evitar una carcajada.
Lo que lloró ese hombre no tiene nombre. Volvió a desvanecerse apenas le tajé un poco la carne del cuello. Así que aproveché y serruché durante cuarenta minutos. Pasados los gorgoteos y las convulsiones, logré llegar al hueso, y tuve que recurrir nuevamente al hacha. Levanté del cabello la cabeza decapitada y la coloqué frente a mí.
¡Cuarenta minutos! —vociferé—. ¡Cuarenta minutos! —Y rompí en un llanto—. Lo siento, Ana, no sé qué significa.
Me desplomé sobre el río de sangre que me rodeaba y lloré allí hasta el cansancio. Y al final, me quedé dormido. Cuando desperté, todavía tenía aferrada la cabeza por el pelo. Tenía los nudillos blancos. La coloqué boca abajo en la falda de su cuerpo, con su boca tocando su bragueta.
—Chúpatela mientras limpio este desastre —le dije, y me puse a limpiar.
Desde que Analía expusiera al cabronazo frente a los medios, hasta la fecha han pasado unos seis meses. Han transcurrido tres meses desde que los medios lo olvidaran. Desde que él la atacara han pasado unos treinta días. Hace dos semanas que yo hice mi parte. Hace catorce días que la prensa volvió a recordarlo y que mi casa apesta a causa de su osamenta echada en mi sillón. No sabía cuánto tiempo más seguiría mi vida de esta manera, hasta que ayer se me acercó un sujeto a la salida del hospital donde está internada mi esposa.
Se presentó como Norman Brichta, detective. Más allá de mis dotes actorales, me fue imposible reprimir mi sorpresa; me puse nervioso, de veras. Y estoy seguro de que ese viejo lo notó. Supo dónde encontrarme, lo cual significaba que estaba siguiéndome. ¿Por qué demonios no fue a mi casa?
Me pidió permiso para hacerme unas preguntas sobre la desaparición de Marvin, y le dije que si podía ser de ayuda para la búsqueda estaba a dispuesto a cooperar.
El desgraciado era muy perspicaz. Lograba hacerme sentir incómodo y culpable con cada interpelación. Como aquel personaje de Poe, aterrorizado por un corazón delator, cada vez que respondía al interrogatorio me daban ganas de gritar que lo tenía desmembrado en mi casa.
El tipo anotaba todo en una libreta vieja y gastada, que guardó en el bolsillo interno de su abrigo cuando terminó.
Antes de despedirse, quiso saber si sospechaba que lo de mi esposa tenía que ver con la desaparición del abogado.
—¿Pudo su mujer estar involucrada, o ser testigo de algo de lo que el señor Júnior fue acusado?
—¿A qué se refiere, detective?
—Tal vez ella sabía cosas que perjudicaran a los que se llevaron a su jefe y decidieron acallarla a ella también.
—No lo pensé. Es una buena deducción. Debería investigar esa línea y mantenerme informado. Si fue así, quiero justicia.
—Sí, estoy seguro de que la quiere. Nos mantendremos en contacto.
Sin apartar sus ojos de los míos, me ofreció un apretón de manos firme e innecesariamente fuerte. El maldito me obligó a tragar saliva.
No me pregunten cómo, pero supe de inmediato que ese detective lo sabía todo. ¿Paranoia? ¿Presentimiento? Fuera lo que fuera, me puso en movimiento. Volví a meterme al hospital para ver a mi esposa. La besé dulcemente en esos labios sellados, ausentes, y le proclamé mi amor eterno. De esa manera, me despedí de ella.
Llegué a casa trotando. Cada tanto vigilaba que nadie me estuviera siguiendo.
Lo primero que hice fue encargarme de la cabeza y su destino. El gesto desencajado en su rostro se mantenía intacto, como si aún estuviera sufriendo. Mejor así. Luego me fui a dormir.
Hoy temprano puse la casa en orden; al culminar encendí un cigarro, el cual coloqué entre los dedos del cenicero. Colgué una chaqueta en los garfios de la pared, me serví licor en un vaso y me senté frente a mi huésped.
No tardarían en llegar. Y así lo esperaba. La verdad es que ya estaba muy cansado.
Ironía del destino, a los cuarenta minutos me tiraron la puerta abajo.

***

Un oficial de policía salió de la vivienda que terminaban de allanar, y devolvió todo el desayuno de esa mañana. Víctor Vega lo observaba y negaba con la cabeza, mientras saludaba a su amigo, que acababa de llegar.
—Todas putas me mandan ahora —dijo Vega, en alusión al policía descompuesto.
—Es un chico, Víctor. No tienes paciencia.
—No me hables de paciencia, Norman. Bastante es la que tengo contigo. Si ya sabías que este sujeto era el responsable, ¿por qué demonios esperaste a que enviara la cabeza en un paquete como encomienda al bufete?
—Primero, soy detective, no adivino. Segundo, ¿cómo iba a imaginar que había descuartizado al tipo? Yo te informo lo que voy descubriendo, luego haces tu trabajo.
—Mierda, Norman. Esto será noticia mundial.
—Y tú serás famoso.
—¿Cómo supiste lo que le pasó a ella y lo de la nota?
—Bueno, la información de los allegados de Marvin Júnior me la otorgaste tú. Me costó, pero pude saber que la delatora de sus perversiones era su más confiable empleada. Hay un niño que me ayuda con las cosas tecnológicas, y hackeó las cuentas de todos los empleados del bufete. Si supieras las cosas que encontré en esos correos electrónicos… Cuando intenté localizar a esta mujer, me encontré con que era poco más que un vegetal plantado en una habitación de hospital. Tengo otros contactos en la policía además de ti, amigo. No vivo solo de tus servicios. —Víctor sonrió y prendió un cigarrillo—. Ellos me contaron lo que le sucedió a Analía y lo de la nota. Hice mis propias deducciones, y mucho no erré. Te avisé enseguida, no puedes quejarte. Se habrá sentido muy culpable cuando lo vine a ver ayer para que actuase así de un día para el otro.
Echando humo por la nariz, Víctor preguntó:
—¿Y eso de los cuarenta minutos que me contaste?
—Uno de los mensajes en la bandeja de borradores de ella llevaba como asunto ese título: cuarenta minutos. Estaba destinado a su marido. En él le hablaba de la existencia de un disco compacto con información de todos los socios de Marvin Júnior.
—¿Qué clase de información?
—De las que no quieres que salgan a la luz.
—Ya. Y era un disco con cuarenta minutos de data clasificada, ¿no?
—Bingo.
—Evidencia que me darás ahora…
—Ja, ja, ja, soy viejo, no pelotudo. Disfruta de tu minuto de fama que yo me quedaré con los otros cuarenta. No tengo un sueldo como tú. Me servirá para futuros trabajos.
—¿Sabes una cosa, Norman?
— Dime.
—Eres un oportunista.
—Pero me aprecias. Y yo a ti. Cuando termines con esto, pasa a la noche por casa. Hace mucho que no vienes a cenar.
—No voy porque no me dejas fumar adentro.
—Esta vez haré una excepción.
—Entonces iré. De hecho, yo llevaré el cenicero. Encontré uno que es realmente ingenioso.
—Oh, Víctor, eres desagradable.
—Ja, ja, ja.